«Le di mi vida al rock y él me la dio de vuelta», confesó Andrés Calamaro

El músico, que acaba de lanzar su álbum “bohemio”, confesó que la música le dio mucho más de lo que se hubiera atrevido a pedirle. Calamaro sabe que rockstar se nace y su actitud así lo demuestra.

Celestino de la canción, con sus prosas certeras da en el blanco del amor. Andrés Calamaro sabe que rockstar se nace y su actitud así lo demuestra. “Respeto el status que tengo como artista, y exprimo los privilegios y la impunidad que me brinda”, asegura. Intrépido y seductor, este jinete del rock va a todo galope hacia destinos inciertos porque su carácter, por momentos hasta ególatra, lo hacen ver seguro en cualquier hábitat. Y no falla.

   Así lo demuestra en “Bohemio”, su flamante material discográfico (que cuenta con la producción de su viejo amigo Cachorro López, compañero de colegio y de grupo en Los Abuelos de la Nada), donde el Salmón derrama un puñado de diez exquisitas canciones. Con “Cuando no estás” como primer single y videoclip, en la que aduce “Cuando no estás, la soledad me aconseja mal”, el disco se concentra en el género rockero en el que abundan los órganos Hammond y las guitarras slide, reforzando su vínculo con el que cultivan Bob Dylan y Tom Petty.

   A días del lanzamiento de “Bohemio”, el músico amante de la tauromaquia le contó a Escenario -con su honestidad brutal de por medio- todo acerca del nuevo material. Aseguró que este álbum generó más ansiedad que cualquier otro, incluido “Alta Suciedad”, que se ve a sí mismo como “un científico buscando la vacuna contra la gripe, donde lo importante es la búsqueda o el resultado anónimo”. Y recordó el último abrazo con Luis Alberto Spinetta, dijo que el Indio Solari es el jefe y que Ricardo Iorio se está convirtiendo en un líder de conciencia. Con ustedes, Andrés Calamaro.

   —Si cada producción tiene una identidad, ¿cuál es la de “Bohemio”?

   —Trabajamos dirigidos por Cachorro López y Sebastián Schon para que el disco tenga una identidad, una sola. O se presente como un armónico conjuntos de canciones respondiendo al formato antes conocido como “Long Play”: un número par de temas, que podrían partirse en dos caras para escucharse en menos de cuarenta minutos.

   —Es un disco de rock (abundan los órganos Hammond y las guitarras slide) y en esta oportunidad apostaste exclusivamente al canto y a la composición. ¿A qué se debió esta decisión?

    —Eso no siempre responde a una decisión, son “cosas que pasan”; siempre grabamos las voces principales solos con el micrófono. En los últimos tiempos grabé kilómetros de instrumentos, solos de guitarra, bajos, pianos. Y en los ensayos toqué el piano hasta romperme los tendones. Literalmente. Tengo radiografías. Además había músicos muy buenos para tocar piano y guitarra, mis compañeros. Involucrarlos en la grabación del disco fue una “la decisión” musical.

   —Venías de meses subiendo covers, mash-ups y bases de canciones a Soundclud. Entonces, ¿cuál fue el criterio de selección para llegar a las diez que están en “Bohemio”?

   —Hace un año nos encontramos con Cachorro para hablar de la vida y el oficio, somos amigos además de compañeros y es un interlocutor sabio, valiente y gracioso. En una segunda reunión le di unos archivos con canciones que veníamos grabando con -mi amigo de confianza- Guido Nisenson. En una tercera reunión le mostré más canciones y artefactos musicales varios, casi todas las canciones eran recientes. También hay alguna compuesta en Madrid y muchas que quedaron afuera.

   —Sos un artista muy prolífico que ha creado discos como “El salmón”, con hasta cien canciones. ¿Se genera un microclima rockero en “Bohemio” por ser tan sólo diez canciones?

   —Sí, el formato es clásico -aunque no es exclusivo del rock- es “el disco”. El disco es la cápsula conceptual de la música moderna, casi todas las revoluciones musicales que conocemos, las escuchamos en discos. Es verdad que grabamos respetando un “color general”, un tono musical sin sobresaltos de estilos o raíz sonora. En España se editó en vinilo verde.

   —Frente a las alternativas de difusión que ofrecen las redes sociales, ¿es posible generar ansiedad con la aparición de un álbum?

    —Este álbum generó más ansiedad que ninguno que haya grabado antes. Más que «Alta Suciedad», cualquier disco de Los Abuelos o Los Rodríguez. Todavía no sabría explicar porqué, pero así fue. Fue publicado hace días y es una «revolución». Hasta se está vendiendo. Un milagro hoy en día. Y escalando posiciones en países complicados.

   —¿Hay un alejamiento del reggae, tango y otros estilos, para reforzar tu vínculo con el que cultivan Bob Dylan o Tom Petty?

—Supongo que Cachorro cuidó que el perfil del disco tenga una forma genérica, yo también percibí que el disco se armaba atento a un «estilo» y fui firme en el cuidado del concepto, evitando estridencias musicales y letrísticas. No tenía tango ni reggae disponible, pero sí tenía rock narcótico, declaraciones de ateísmo reaccionario, «experimentalia»… Nos dio mucho placer grabar un disco cercano a los valores de un LP tradicional; una declaración de principios de menos de cuarenta minutos. Funcionó para los Beatles.

—¿»Bohemio» es también un álbum de divorcio y reconciliación?

—Pues no, todo está escrito y compuesto antes de los episodios basura de la «gran lobotomía nacional» alentada por el conjunto de los medios de (perdón) comunicación que consumimos. Y consumimos mientras nos consume el pensamiento y la poca entereza que le queda a una cultura que alguna vez alumbró a Borges y Roberto Arlt. Apostaron en contra mío y perdieron, los que generan rumores quedan manchados (de marrón) para siempre.

—¿»Para escribir es necesario sufrir», como decís en «Tantas veces»?

—Yo escribo con mucho placer. Soy músico y el fuerte de los músicos no es precisamente escribir letras. La mayoría apenas sí leemos. En realidad dicen que para escribir hay que vivir «parisinamente», fumando opio o bebiendo «absenta». También dicen que el opio es más efectivo por vía anal. Mejor no fiarse de todo lo «que dicen».

—¿En «Plástico fino» hablás del tiempo? ¿Qué relación tenés con el?

— «Plástico fino» no habla del tiempo. Es una metáfora narcótica. Creo que el tiempo es cultural. Fríamente, son rotaciones de la tierra y las estaciones del año. Puedo celebrar el cumpleaños de mi perro pero él ni se entera que tiene un año más o menos. No deberíamos enseñar a nuestros hijos a festejar los cumpleaños, no me parece la forma más sabia de vivir la vida.

—Micaela Breque dijo que le hacés escuchar cada una de tus canciones, ¿Qué rol jugó ella en este nuevo álbum?

—Es importante contrastar lo que estoy grabando con alguien más; con mi compañera, con otros músicos amigos o talibanes de la critica musical. Intento desarrollar un pensamiento más profundo, creo que es más importante producir, inventar. Prefiero pensar que mientras invento cosas nuevas «soy» un científico buscando la vacuna contra la gripe; que lo importante es la búsqueda o el resultado anónimo. Me gusta la relación íntima con la música y verla aparecer de la nada.

—Entre los muchos amigos que se fueron antes que vos, nuevamente te detenés frente a Spinetta (en «Belgrano»), donde le decís «gracias por el mate y las tortafritas, tu afecto y genialidad». ¿Qué te dejó el Flaco?

—Mis primeros discos fueron los de Invisible, pero escuché tantas veces los discos de Almendra y Pescado Rabioso. Es un repertorio inexplicable. Para dos generaciones Luis Alberto es el icono más amado del rock nuestro. Un músico ético, que se tomaba muy en serio las cuestiones musicales y no regalaba un elogio jamás, el músico menos hipócrita del mundo. Al mismo tiempo fue una persona de un gran corazón, gracioso y generoso; un gran compañero y amigo. Mejor si «Belgrano» hubiera sido un secreto y la gente descubriendo a Luis en estos versos sencillos, que son episodios verdaderos y genuinos. Nos dimos el último abrazo en el aeropuerto de Santiago de Chile, una abrazo fraternal lleno de sentimiento y amistad. Se estaba reconciliando con mi repertorio y que hubiera querido cantar «Paloma» en su último recital eterno; incluso me nombró entre los autores que habría interpretado en aquel histórico epitafio divino. Me mencionó junto al Indio Solari como autores deseados. Yo estaba en Chile, en las vísperas de un recital. La muerte del Flaco fue como una bomba atómica cayendo, pero no quise escribir nada en periódicos ni revistas; tampoco me llamó para verle en su lecho y entendí que el entierro era algo íntimo para su familia y su grupo más cercano. Mi despedida fue íntima y gastronómica, él hubiera estado de acuerdo en despedirse «en el restaurante japonés por última vez».

—¿Cómo fue trabajar nuevamente con Cachorro López?

—Estupendamente. Cachorro me tuvo paciencia fraternal cuando hizo falta tenerla. Y fue exigente y gracioso, como siempre. Tenía el álbum en la cabeza y lo grabó con el corazón; le puso cuerpo y alma al disco. Tenemos diálogo y opinamos; sé que la decisión final es mía porque soy el artista y el cliente; pero prefiero que Cachorro grabe el disco que él quiso grabar. Darle mi confianza, dársela a Sebastián Schon y a César Sogbe, que graban, editan, tocan instrumentos y mezclan las canciones; respectivamente. Mi responsabilidad es ofrecer un repertorio bueno y cantarlo bien. Entiendo bien mi papel de «cantante soldado»; en el trabajo soy colaborador, respetuoso y humilde.

—En algún momento aludiste a tu desempeño entre los solistas masculinos en el Olimpo del rock argentino. ¿Cómo te ves hoy junto a tus pares?

—Tengo amistad y gran respeto por el Indio, es el jefe. El mejor letrista y el líder de un movimiento revolucionario. Tiene una gran importancia artística y contracultural. Y aprecio la confianza y la amistad que me ofrece. Y lo quiero a Ricardo Iorio, que es un solista con guitarrista (hay que estar loco para restarle mérito al «Tano» Marccielo). Ricardo se está convirtiendo en un líder de conciencia y trasmite la obra de Miguel Abuelo, Spinetta y Larralde a las juventudes, a su manera y con un gran corazón. Fito Páez sigue imparable; este año grabo un disco muy bueno («Sacrificio»), lo llamé para felicitarlo y ya estaba grabando otro disco y había publicado una novela. Charly García va a presentar una obra en el Teatro Colón. Una oportunidad de demostrar lo que no necesita demostrar.

—Antes de grabar probaste a la banda en varios shows por diversas ciudades, incluida Rosario. ¿Estás satisfecho con el sonido logrado? ¿Por dónde sigue tu gira de presentación?

—Cuando empezamos la gira, estábamos grabando. Ensayamos y grabamos al mismo tiempo. Este nuevo grupo es una revolución, todos son locomotoras. Se roban el recital y no dejo de agradecer el punto. Los chicos son especialistas, están finísimos con los instrumentos y muy involucrados con el repertorio. Ya tocamos en el país, en Chile, en Ecuador, en Colombia y en México. Ahora vamos a la Patagonia, después al norte, Perú, Bolivia, Paraguay y Uruguay. Y terminamos el año en Buenos Aires. Rosario fue nuestro despegue, donde unimos las partes del rompecabezas.

—En «Bohemio» afirmás que «en la canción está la vida». ¿Entonces, llegarán más canciones?

—Si no llegan estamos en paz, le di mi vida al rock y él me la dio de vuelta. Algunos queridos compañeros no tuvieron esa suerte y nos dejaron solos. Y la música me dio mucho más de lo que me hubiera atrevido a pedirle. Si no hay más canciones puedo seguir grabando más discos, tengo un archivo importante y me gusta interpretar obras de otros autores. No soy un adicto al trabajo, no estoy enamorado de grabar diez horas por día ni de afrontar giras de tanta responsabilidad, el gasto físico es mucho. Pero respeto el estatus que tengo como artista, y exprimo los privilegios y la impunidad que me brinda ser artista y cantante. Además vivo de ésto, y voy a seguir por respeto al oficio, a mis compañeros y al público.

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